7/10/2004

"-¿Max solo necesita unas horas para un proyecto que podría llevar meses, años incluso? -preguntó Pat incrédula. -Nunca subestime a Max -dijo Yaeger al tiempo que se volvía en su silla giratoria y tomaba una taza de café recalentado-. He pasado la mejor parte de mis años de juventud diseñando y construyendo a Max. No hay ningún sistema informático como ella en el mundo. Por supuesto, dentro de cinco años estará obsoleta, pero de momento hay muy pocas cosas que no pueda hacer. Es única, y nos pertenece en cuerpo y alma a mí y a la NUMA. -¿Qué me dice de la patente? Seguramente deberá ceder sus derechos sobre Max al gobierno. -El almirante Sandecker no es el típico burócrata. Tenemos un acuerdo verbal: yo confío en él y él confía en mí. El cincuenta por ciento de los beneficios obtenidos con los derechos de patente o con las tarifas de uso por la cesión de tales va a parar a la NUMA. Y el otro cincuenta es para mí. -Desde luego, su jefe tiene sentido de la justicia. Cualquier otro le habría dado una paga extra, un reloj de oro, una palmadita en la espalda y luego habría ingresado los beneficios que le corresponden a usted en su cuenta corriente."

(El secreto de la Atlántida, de Clive Cussler)